sábado. 08.10.2022

Una manzana para Sofía

* Opinión

* Por Marian Aretio - Trabajadora social

 
 
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Sofía tiene nueve años y cursa cuarto de primaria. Acude puntual todos los días a clase. Le gusta su cole. Allí se encuentra con sus amigos, aprende, descubre el mundo de los libros, juega y se emociona. Pero para Sofía el colegio es mucho más que un espacio educativo, tiene la oportunidad de compartir mesa y mantel con sus compañeros de aprendizaje.

Mas no todos los días son iguales. Hoy Sofía está triste, tiene que esperar con paciencia a que sus compañeros coman los dos primeros platos hasta que llegue el postre. Sofía no entiende por qué no le ofrecen el menú que ella precisa. Observa cómo a Simón, con intolerancia al gluten, le han adaptado el menú por otro que sí puede comer, pero a ella no.  Le dicen que, “sólo hay menú único para todos y no menú a la carta, que aparte la carne del plato y no sea tan especial, que el que no quiera comer, que coma en su casa…”

 

De los 20 días lectivos que tiene este mes y, a pesar de sufragar el coste completo del servicio del comedor como todos los comensales, Sofía sólo comerá menú completo 6 días (primer y segundo plato más postre),  10 días plato único más postre, y 4, como hoy, en los que única y exclusivamente tan sólo comerá una pieza de fruta.

Sofía no se explica por qué si adaptan el menú a Simón, Luisa y Matilde, no lo hacen para ella y seis compañeros más que, al igual que ella, reclaman menú adaptado a sus creencias religiosas. No alcanza a comprender cómo por la mañana se reconoce la identidad religiosa de cada alumno cursando la asignatura de religión para después negarla en el comedor. No alcanza a comprender que la intransigencia de los gestores públicos niegue su derecho contemplado en la Constitución, la Ley de Libertad Religiosa y demás jurisprudencia que reconocen el derecho a la libre creencia y su práctica religiosa, amparado, en la misma categoría que el derecho a la salud y la educación, como derecho fundamental, por lo que adaptar su menú debiera ser tan sencillo como disponer del menú de Simón, Luisa y Matilde.  A fin de cuentas, piensa, todos son alumnos de un colegio público cuyos padres trabajan e intentan conciliar la vida laboral y familiar inscribiendo a sus hijos en el servicio público del comedor. Porque de eso se trata, piensa Sofía, de aprender a compartir con los compañeros conviviendo con respeto, aceptando y reconociendo esos ricos matices que nos hacen peculiares a cada uno de nosotros. Si fuéramos todos iguales, si el mundo fuera todo del mismo color, qué aburrido sería, reflexiona, mientras, por fin, se acerca la jugosa manzana a su boca.

Cuando venga su madre a recogerla le contará que hay que hacer algo para que no haya más días en los que se quede sin comer, comer a medias o escuchar la reprimenda de que no se puede. Sofía está convencida de que sí se puede, que la escuela es un lugar de todos y para todos, sean altos o bajos, rubios o morenos, con pecas o sin ellas; que a ningún niño se le puede hacer sentir diferente, sino que hay que atenderlo en su derechos y necesidades, así que concluye Sofía, yo también quiero disfrutar de la comida en igualdad de condiciones y oportunidades que mis compañeros de comedor.

Nada sabe Sofía sobre quiénes dicen representarla en defensa de los derechos de su fe, de personas que se enfundan en sus sillones desde el origen de una supuesta Comisión cuya única misión no sería otra que velar por los derechos de los musulmanes en España, los cuales, contra toda lógica, no han sido capaces, por incompetentes, desidia o abandono, de hacer efectivo y normalizar el derecho de Sofía y sus compañeros a disponer de un menú certificado halal, por una verdadera certificadora halal, en su escuela.

Sofía, a sus nueve años, se sorprendería  saber que hay leyes expresas que reconocen su derecho mucho antes de que ella naciera y que una miserable combinación de intereses, omisión de funciones,  pasotismo y despreocupación por parte de la CIE, permiten que, a día de hoy, en muchos colegios de nuestro país sean las administraciones públicas, consejerías de educación y centros educativos, entre otros, quienes aprueben y autoricen que Sofía y sus compañeros musulmanes, sigan pasando hambre en el colegio.

Que esto suceda y se permita que los alumnos musulmanes sean discriminados en sus derechos alimenticios y desatendidas sus necesidades nutricionales, debiera causar vergüenza e indignación entre todas las entidades musulmanas que han de velar por los cumplimientos del Acuerdo del 92.

Una manzana para Sofía
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